La vida después de la final del campeonato mundial de fútbol.
Qué fenómeno, sin duda.
La palabra “mundial” es completamente literal. El planeta entero se paraliza, países cuyas selecciones no participan en el torneo e incluso países que no tienen liga de fútbol profesional siguen de cerca los encuentros del que es, sin duda alguna, el evento deportivo más esperado y concurrido a nivel global.
Personalmente me declaro un antipático del evento. He comentado varias veces entre las amistades que soy un aficionado sin ejercer, y prefiero jugar fútbol que verlo en la televisión. Sin embargo, debo confesar que más que lo meramente deportivo, hay cosas que a mí me resultan fascinantes. El mundial, como se le conoce más ampliamente es un fenómeno interesantísimo si se le observa desde el punto de vista social.
Aquí un humilde análisis.
La selección mexicana: religión cuatrienal.
Cada cuatro años, México se une en un solo culto: el culto a “la camiseta”, a “la verde”.
No importa si llevamos tatuado en el pecho el escudo del Club América, o si somos seguidores del Deportivo Guadalajara generación tras generación. La verde nos une. Todos somos “México”.
Pero ese “México” colectivo, esa idea de patria que nos hermana cada Mundial es el orgullo frustrado, el concepto de Nación reprimido, el patriotismo que se ha visto relegado históricamente por las decepciones y la carencia de oportunidades que anhela el pueblo mexicano.
Haga el favor de preguntarse cuándo es que los mexicanos amamos a México de forma manifiesta? Cada cuando nos ahogamos en el idílico y borrascoso grito “¡Viva México!”?
Le diré cuando: el 16 de Septiembre [con toda obviedad llamado el “día del grito”] y cuando juega y gana la selección mexicana de fútbol.
Es por eso que el mundial nos entusiasma tanto. Somos una nación futbolera y profundamente creyente.
Suspendemos las labores, las clases, instalamos pantallas gigantes en el centro de la ciudad, nos desprendemos de nuestras pertenencias materiales para seguir devotamente a “México”, a ese México nuestro que por lo menos en este aspecto quisiéramos ver superar sus propias barreras y verlo triunfador. Nos encomendamos a Dios, a la Virgencita de Guadalupe, a San Cuauhtémoc Blanco, prendemos veladoras, vemos el partido con el rosario en la mano y con el “Jesús” en la boca, queremos canonizar al tan famoso Chicharito,
Es por eso que el mundial nos entusiasma tanto. Somos una nación frustrada y terriblemente necesitada de triunfos, individuales tanto como colectivos.
La retorcida identidad mexicana.
México, como muchos vaticinaron desde el principio, no logró el tan ansiado quinto partido.
A pesar de todo el optimismo que generó la denominada “mejor camada de jugadores que haya tenido México en toda su historia”, a pesar de la ridículamente impresionante campaña mediática, los rezos y demás parafernalia mística, la selección mexicana de fútbol jugó un mundial de mediocre a malo; pasó como segundo lugar de su grupo y si le ganó a Francia fue quizá por la lamentable condición del anterior subcampeón del mundo.
Sin embargo, después de haber sido eliminados por segundo mundial consecutivo por la selección argentina, el torneo para los aficionados mexicanos se transforma. Después de un breve luto salen a relucir nuestra resignación cotidiana. Parece que no nos sorprende el resultado, ya estamos acostumbrados, era de esperarse, se veía venir. Un breve ejercicio mental para saber a qué nueva selección alentar, el mundial continúa.
Llegamos a la tan esperada final. El evento del año, lo que hemos aguardado por cuatro largos años.
Ganan los Países Bajos, lo festejamos como neerlandeses…
Ganó España!! ¡Que viva España! ¡hala, macho, que lo hemos ganao todo!!
y se lee, se escucha a la gente decir: “mi bisabuelo era español”, “mi tatarabuela tuvo tíos españoles”. Se siente a la gente abrazar el triunfo español, un triunfo que no le pertenece. Y lo celebra, lo goza, lo vive. Quisiera pensar que estoy equivocado, que es una exageración, pero desafortunadamente fui testigo de los hechos.
Mientras, el resto de hispanoamérica apoyaba a Uruguay. Se observa el fenómeno de la hermandad, del orgullo latinoamericano. Y México, los mexicanos, como siempre, abrazando un mundo que no le pertenece.
Parafraseando a Francisco Martín Moreno, “la parte indígena del mexicano odia a su parte española, y la española aborrece a muerte al indígena”. El mexicano sigue luchando y sufriendo el mestizaje día a día, internamente; eso es lo que lo convierte en un contradictorio extraviado, errante frente a su propio destino.
Sin embargo, no me haga usted mucho caso. Al final de cuentas, el mundial de fútbol, a pesar del bombardeo mediático, la sofisticación tecnológica, el colorido éxodo multicultural, la derrama económica que representa y de que el fútbol es llamado “el juego más hermoso del mundo”, no deja de ser simplemente un juego.
Ramón Troves